- Accidentes de fin de año
Hay clichés periodísticos que cuando faltan, los extrañamos. Y el Año Nuevo está lleno de ellos: el primer turista que arriba a Mar del Plata, el primer nacimiento en la localidad. Como también son clásicos los informes desde las guardias médicas contabilizando el número de accidentados y cuantificando su gravedad. Le doy algunas pautas simples a seguir para no ser protagonista de esos informes.
El mayor número de accidentes oculares que se ven para estas fechas corresponden a los taponazos de las botellas de sidra y otras bebidas gasificadas. Los plásticos son los más peligrosos, ya que su lisura hace que salten con más facilidad que los de corcho y en ocasiones hasta saltan espontáneamente. Usted, que por algo está leyendo este artículo, nunca cometerá la estupidez de apuntar con la botella a la cara de una persona. Bueno, por las dudas tampoco permita que otro lo haga.
La velocidad del tapón saltarín es tal que supera a todo reflejo de defensa. La víctima no tiene tiempo de cerrar los ojos, menos aún de taparse con las manos o esquivar el impacto.
El taponazo golpea casi siempre la córnea, donde puede ocasionar una extensa erosión. Pero ésta es al fin y al cabo una lesión curable. Más atrás, la violencia del impacto puede dañar el iris y producir sangrado de su rica red vascular. A veces el iris llega a desprenderse de su inserción. El cristalino, de modo similar, puede desprenderse parcialmente ya que su inserción en la pared ocular es aún más endeble que la del iris. Tanto el sangrado interno como la ruptura de las inserciones del iris y del cristalino alteran profundamente la circulación del humor acuoso. A consecuencia del taponazo la presión ocular puede llegar a dispararse a cifras catastróficas.
Como si esto fuera poco, la onda de choque del impacto puede afectar el centro de la retina, la mácula. Que es el área con la que percibimos los detalles, digamos, la visión fina. Según la violencia del impacto la retina puede afectarse temporalmente (como un dedo que a consecuencia de un martillazo accidental se hincha pero no se rompe). Si la violencia es mayor, hay muerte de tejido y la pérdida visual será definitiva.
La prevención de estos accidentes es muy simple: la botella debe apuntar hacia arriba. El tapón debe estar cubierto por una servilleta.
Y si a pesar de todo alguna persona sufre un taponazo en el ojo, la consulta oftalmológica debe ser a la brevedad: los daños pueden minimizarse con el tratamiento adecuado.
Las lesiones oculares por pirotecnia son más raras. El precio habitual del uso de explosivos consiste en algunas falanges o bien algún dedo completo de las personas que los manipulan. En ocasiones se ven quemaduras de párpados y de córnea si el artefacto explota cerca de la cara. Con respecto a la prevención de estos accidentes, la experiencia internacional enseña que de nada valen los controles: sólo la prohibición lisa y llana de la pirotecnia es eficaz. Quienes han pasado por un puesto aduanero de Chile sabrán que nuestros vecinos han tomado esa medida hace rato. Allá no hay “pirotecnia legal”, como si la pólvora aprobada por el Estado no mutilara. La fabricación, la tenencia y el uso son lisa y llanamente un delito.
En nuestro país hay un proyecto de prohibición de la pirotecnia que duerme el sueño de los justos desde 2001, presentado por el entonces Ombudsman de la Ciudad de Buenos Aires Antonio Elio Brailovsky. De haberse aprobado, no estaríamos lamentando cada 1º de enero el habitual saldo de mutilación y dolor. El proyecto no hace distinciones: toda pirotecnia es peligrosa, incluso la que no explota (¿hace falta que recordemos Cromañon?). Su utilización debe estar restringida a personal calificado, como la de cualquier elemento capaz de producir daño a personas y cosas. Hoy la compran y la manipulan niños. O adultos alcoholizados. Los resultados están a la vista. Por eso, hasta que el Ejecutivo y el Legislativo hagan lo que tienen que hacer, comience por prohibir la pirotecnia en su casa.