- Presbicia sin anteojos

Stefan Zweig cuenta en su autobiografia “Un mundo de ayer” que su padre, un importante empresario textil, ya a los treinta años usaba monóculo y barba y caminaba de un modo grave y lento. Imitaba de esa forma el aspecto y los modos de un hombre mucho mayor, intentando dar a sus clientes y socios una imagen seria, respetable. Es evidente que en la Europa de fin del siglo XIX la juventud no tenía el prestigio ni la simpatía de la que goza actualmente. Pero en algún momento-muchos afirman que luego de la I Guerra Mundial, luego de que millones de muertos hicieran de los hombres jóvenes un bien escaso- la marea cambió y el aspecto juvenil comenzó a ser deseable y buscado. Los quevedos, anteojos, monóculos e impertinentes, ligados a las personas mayores, pasaron de moda y muchos evitaban su uso o sólo los usaban cuando era imprescindible. Desde entonces que los oftalmólogos y la industria óptica buscan un modo de superar la presbicia sin que se note. Y uno de ellos, el monóculo, fue el abuelo de las técnicas que se usan hoy.

Cuando se coloca una graduación delante de uno de los ojos no sólo cambia la distancia focal: se altera también el tamaño de las imágenes. Por eso, al mirar lejos con un monóculo colocado, la persona ve un cierto borramiento (debido al ojo enfocado para cerca), y si la graduación es alta hasta puede llegar a ver dobles contornos, ya que esta imagen es más grande que la del ojo que no porta lente. Obviamente no era cómodo mirar así y por ello el monóculo se usaba sólo por momentos. No servía, digamos, para leer textos largos.
En 1948 comenzaron a comercializarse los primeros lentes de contacto. Los lentes de contacto -además de reemplazar a los anteojos de lejos- proveen otras ventajas. Una de ellas es que con altas graduaciones, es más nítida la visión que con anteojos. Y otra es que si la diferencia de graduación entre uno y otro ojo es importante, no se altera tanto el tamaño de las imágenes.
Basándose en este último hecho, a alguien se le ocurrió volver al monóculo pero esta vez en forma de lente de contacto. En teoría es muy simple: se deja el ojo mejor para lejos sin corrección y se coloca sobre el otro ojo la graduación para ver de cerca. Si bien se produce un cierto borramiento, la visión con ambos ojos suele ser lo sucientemente nítida tanto de lejos como de cerca. A este método de corrección de la presbicia se lo llama monovision. Durante mucho tiempo este método tuvo una aceptación escasa, más que nada debido a las limitaciones impuestas por los lentes de contacto de la época. Pero con la aparición de las lentes de contacto blandas su aceptación por parte de los pacientes fue en aumento.
La monivisión con lentes de contacto no es para todos. Se recomienda para pacientes entre 40 y 55 años, con córneas sanas y film lagrimal normal. Haciendo esta selección previa, algunos hablan de un 80% de resultados positivos. En mi opinión es una cifra demasiado optimista. Mi experiencia dice que sólo alrededor de un 40% de quienes prueban la monovisión se sienten lo bastante cómodos y satisfechos para adoptarla. Y sólo hay una forma de saber si uno va a tolerarla que es -ya se imaginarán- probando.
Con la popularización de las técnicas de cirugía refractiva la monovisión dio un paso más. Actualmente hay técnicas que permiten modificar la graduación de uno de los ojos, de modo tal de dejarle el aumento necesario para ver de cerca. Es como tener un lente de contacto permanente sin la necesidad de usar el lente de contacto. Pero claro, como se trata de un proceso irreversible, primero hay que probar, y se prueba con lente de contacto. Sólo aquellos que manifiestan sin lugar a dudas conformidad con la monovision son candidatos a cirugía.

Cuando aparece la catarata se pueden matar dos pájaros de un tiro: durante la cirugía de la misma se reemplaza el cristalino por una lente intraocular que le permite al ojo cierto poder de acomodación. Actualmente hay varios modelos de lentes intraoculares que apuntan a este resultado, basados en distintos principios. Pero hasta ahora ninguno de ellos muestra una superioridad neta sobre el resto. Todavía estamos lejos de la última palabra.

Ahora supongamos que vivimos en un mundo donde los anteojos de cerca no existen. Un mundo en el cual las únicas posibilidades para recuperar la aptitud de leer sean la monovisión con lente de contacto, la monovisión quirúrgica o el implante de lentes intraoculares. Y supongamos que en ese mundo imaginario, un sabio inventa los anteojos de leer. La verdad, tendrían que darle el premio Nobel…