- Breve historia de los anteojos
“Guillermo metó la mano en el sayo, donde éste se abría en el pecho formando un bolsillo, y sacó un objeto que ya le había visto antes entre las manos, y sobre el rostro, en el curso del viaje. Era una horquilla, construída de modo que podìa quedar sobre la nariz de un hombre como un caballero sobre su caballo, o como un ave sobre una rama. Y a los dos lados de la horquilla, de modo de corresponder a cada ojo, se expandían dos anillas ovales de metal, que encerraban dos almendras de vidrio gruesas como fondos de botellas. Con aquello sobre los ojos Guillermo leía, y decía ver mejor que lo que la naturaleza lo había dotado, o al menos mejor que lo que su avanzada edad, especialmente cuando la luz del día declinaba, le permitía. No le servía para ver de lejos, ya que aún tenía el ojo agudísimo, aunque sí para ver de cerca. Con eso podía leer manuscritos de letra pequeñísima, que casi me fatigaban a mí al descifrarlos
(…)Los otros monjes miraron a Guillermo con mucha curiosidad, pero no se atrevieron a preguntarle. Y yo me di cuenta que, aún un un lugar tan celosa y orgullosamente dedicado a la lectura y a la escritura, aquel admirable instrumento no había penetrado aún.”
Umberto Eco: “El nombre de la rosa”
La novela “El nombre de la rosa” está ambientada en un monasterio de monjes copistas del norte de Italia, a mediados del siglo XIV. La tecnología de punta de esa época se elaboraba muy lejos de allí, en China, India y los países musulmanes de Medio Oriente y norte de África. Por eso el asombro de esos hombres sabios al ver los anteojos de Guillermo. Es muy probable que los anteojos hayan sido inventados independientemente en diversos lugares del mundo y en diferentes momentos históricos. Un científico irakí llamado Al-Haitham, quien alrededor del año 1000 DC construía instrumentos bastante toscos pero que con toda justicia podían llamarse anteojos, es el más antiguo de los inventores de quien conocemos su nombre. Dos siglos más tarde el monje inglés Roger Bacon leyó los trabajos de Al-Haitham y fabricó algunos lentes para ver de cerca; por ello se lo considera el introductor de los anteojos en Occidente. Hay registros de que en el año 1300 existía una fábrica de anteojos como el que describe Umberto Eco en la ciudad de Firenze. Eran objetos tan raros y tan caros como las más preciadas joyas.
Para el siglo XVI los fabricantes de vidrios ya podían hacerlos más delgados y livianos, lo cual permitió engarzarlos en armazones cada
vez más delicados. A alguien se le ocurrió dotar a la horquilla de elasticidad, de modo tal que el anteojo se sostuviera solo en el puente de la nariz sin necesidad de usar permanentemente una mano para tal fin. El más famoso usuario de este modelo fue el escritor español Francisco de Quevedo, y hasta hoy se los conoce como quevedos. Incluso la Universidad de Alcalá otorga cada dos años el Premio Iberoamericano Quevedos al Humorismo Gráfico, premio que en 2000 le correspondió a nuestro querido Quino. El premio, además de dinero y prestigio, consiste en un par de quevedos artísticamente confeccionados. Si bien para el siglo XVI los anteojos para presbicia ya no eran tan raros como en el siglo XIV, estaban muy lejos de ser accesibles y sólo un príncipe, un papa o un escritor muy exitoso podían costeárselos.
Perder un objeto tan caro y preciado equivalía a un descalabro económico. Por eso muchos fabricantes les hacían un agujero en una de las anillas, de modo tal de poder sujetarlos con una cadena o un cordón. Otros comenzaron a hacerlos con dos agujeros, uno en cada anilla, y este modelo podia ser sujetado con un cordón que se ataba en la nuca, como si de un antifaz se tratara. La evolución siguiente fue reemplazar el cordón por varillas metálicas que apoyaban en las orejas. A fines del siglo XVIII el uso de las patillas ya era común, como se ve en este retrato de Benjamín Franklin. Franklin, como ya vimos, introdujo la innovación de los bifocales.
Las patillas fueron seguramente una gran ventaja para personas como Franklin, de quien sabemos que leía y escribía durante horas. Pero para aquellas personas que sólo necesitaban la corrección para ver de cerca por unos momentos al día, eran algo engorrosas. Un fabricante de anteojos tomó unos quevedos y les adosó una manija. Inventó así los impertinentes; y no me pregunten por qué se llaman de ese modo, es más, si alguno lo sabe, por favor escriba y
desásneme. Todos los hemos visto en las películas ambientadas en el siglo XIX, siempre en manos de una señora mayor y de alcurnia. En realidad, yo los conozco de algo más prosaico: en los viejos capítulos de Silvestre y Tweety, la abuela dueña de canario los usaba. Hoy la serie ha sido aggiornada y la abuela usa quevedos; el canario es más cabezón e intenta despertar ternura. Pero en los capítulos de mi infancia, la abuela era medio amarga, usaba impertinentes y aporreaba a paraguazos al gato cada dos por tres. El canario era bastante perverso y se regodeaba cuando por sus maldades la ligaba Silvestre. Creo que ahí nació mi aversión por los pájaros y mi simpatía incondicional por los felinos.
Pero los impertinentes eran una prenda exclusivamente femenina ¿Qué quedaba para los caballeros? Volvamos a las películas sobre el siglo XIX: nunca faltaba un lord o un general prusiano que lucía un vidrio redondo sobre uno de sus ojos, como luce en esta foto el escritor Aldous Huxley (el de “Un mundo feliz”). A este objeto se lo llamaba monóculo, y era algo así como medio quevedo. Cuando no se usaba, se guardaba en el bolsillo superior del chaleco. Para sostenerlo en su lugar habia que estirar el párpado superior y el inferior, de modo que la elasticidad de los tejidos lo sujetara. Prueben de hacer esto con una tapa de gaseosa o algún objeto similar, y verán que la cara adquiere un gesto severo que denota atención. Es más, si sonríen les garantizo que se les va a caer. Dado que el monóculo le otorgaba a su usuario un aspecto serio e intelectual, muchos hombres lo usaban más por moda que por necesidad. De hecho, en esta fotografía Huxley seguramente no llegaba a los cuarenta años de edad, y en realidad estaba imitando la usanza de sus padres y tíos (todos intelectuales de renombre). Ahora bien, ¿cómo es eso de ver de cerca con un sólo ojo? Esta respuesta amerita otro artículo.