- La presbicia

“¿Por qué yo, que siempre vi perfecto, ahora no puedo leer sin anteojos? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por queeeeé?” Si bien estoy exagerando un poco el tono, ésta es la pregunta -o la queja- más escuchada en un consultorio oftalmógico. Y aunque ya sé que mis pacientes no quieren una respuesta sino volver a leer sin anteojos… por el momento sólo puedo darles una respuesta. Aquí va.

Vamos a suponer una persona de unos veinte años cuyos ojos no tienen ningún vicio de refracción. Esto significa que dicha persona puede enfocar nítidamente sin necesidad de ningún esfuerzo cualquier objeto que esté a 6 ó más metros de distancia de sus ojos. ¿Y qué pasa con los objetos más cercanos a esa distancia? Pues bien, nuestros ojos tiene para eso un delicado mecanismo que se llama acomodación. Mediante la contracción de un músculo voluntario, somos capaces de alterar la forma del cristalino, logrando así variar su poder dióptrico. O sea, la cantidad de aumento que el ojo es capaz de agregarse a sí mismo.
Por ejemplo, para enfocar un objeto que está a 3 metros de distancia, nuestros ojos deben acomodar 0,33 dioptrías. Casi nada. Para enfocar un objeto a un metro de distancia deben acomodar 1 dioptría. Y para enfocar un objeto a 33 cm de distancia -o sea, más o menos la distancia necesaria para leer letra pequeña o enhebrar una aguja- ya hay que acomodar 3 dioptrías.
Para esta persona imaginaria no es problema, porque la capacidad de enfoque de sus ojos es de aproximadamente 10 dioptrías. O sea, mediante el esfuerzo de sus músculos oculares, una persona así puede enfocar con nitidez un objeto ubicado apenas a 10 cm de sus ojos. La mayoría de las personas ignora esta capacidad por la sencilla razón de que la vida cotidiana muy raramente las obliga a mirar tan de cerca.

La progresiva pérdida de elasticidad del cristalino -proceso normal, irreversible y hasta el momento, inevitable- hace que esa misma persona a los treinta años ya sólo pueda acomodar hasta 5 dioptrías. O sea que aún le sigue sobrando acomodación para enfocar a 33 cm, aunque obviamente el esfuerzo muscular es ahora mayor. Es importante no perder de vista ese detalle: no son los músculos los que se deterioran, sino el cristalino el que se endurece cada vez más. Pero nuestra persona imaginaria aún no lo nota.
Pero cuando llegan los cuarenta… ay, la capacidad de acomodación de nuestra persona imaginaria es inferior a 3 dioptrías. Es decir que ya no le alcanza para enfocar nitidamente a 33 cm. Nuestra persona imaginaria niega el problema, lo atribuye a exceso de trabajo, mala luz, etc, y apela al viejo truco de estirar el brazo y alejar el texto para poder leerlo. Esto es útil cuando el tamaño de las letras lo permite, pero si las letras son pequeñas, nuestra persona imaginaria las verá nítidas pero no podrá leerlas. Ha llegado el momento temido de pedir turno con el oftalmólogo. Allí se enterará de que su capacidad de acomodación se está yendo irreversiblemente, y que el proceso continuará de modo tal que tendrá que actualizar periódicamente sus anteojos. Y allí viene la pregunta-queja que abre esta nota.
Una vez superada la primera etapa -negación- y la segunda etapa -ira- nuestra persona imaginaria entra automáticamente en la tercera etapa: la transacción. La pregunta a partir de ahora es esta: ¿no hay otro método que no sean los anteojos?